Vigia y custodio de la libertad de América


Al marcharse San Martín del Perú el 20 de septiembre de 1822, concluyó para él su vida pública y se inició una nueva etapa de su existencia, que culminaría con el definitivo ostracismo.

Empero, su propósito inicial no fue el de trasladarse a Europa, sino el de quedarse en su Patria. Tal es lo que surge de la carta que remitió a O'Higgins desde Bruselas, el 20 de octubre de 1827: "Confinado en mi hacienda de Mendoza y sin más relación que con algunos de los vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires. Ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc., etc. En fín, yo ví claramente que no era posible vivir tranquilo en mi Patria interín la exaltación de las pasiones no se calmasen y esta incertidumbre fue la que me decidió a partir a Europa".

Aunque recluído en Mendoza, la memoria de sus hechos y la confianza que le profesaban los peruanos no se había perdido entre éstos. Por ello, piensan otra vez en él luego de la última y desastrosa campaña a Puertos Intermedios. Así se lo dicen en la petición suscrita por eminentes ciudadanos: “Hay ciertos hombres elegidos por el destino cuyos nombres pertenecen a la historia y cuya historia consagrada a la felicidad de los pueblos está reclamada por ellos, principalmente cuando éstos caen en la desgracia. Entonces los hombres viles, que en tiempo de prosperidad han insultado al genio y al valor, desaparecen de la escena peligrosa, la envidia se calla, y todos los corazones llaman al héroe que sólo puede salvar al Estado”.

"El Perú, que debe a V.E. sus esperanzas de independencia; el Perú que acaba de sufrir una dispersión en el ejército que había nacido en su mano y hacía su principal fuerza, hoy reclama el regreso del Fundador de su libertad: a V.E. que ha cimentado las bases del ejército, está reservado el acabar de consolidarlo. Vuelva entre nosotros; su presencia destruirá la esperanza de todo ambicioso y hará desvanecer todos los partidos. El pueblo volverá con entusiasmo a ver al héroe que ha roto sus cadenas. El ejército con energía se unirá bajo los estandartes del vencedor de San Lorenzo, Chacabuco y Maipú; V.E. tendrá la gloria de haber asegurado la Independencia de un Estado que siempre le será reconocido y de haber terminado una obra que tan gloriosamente ha principiado".

El mensaje había sido firmado el 28 de septiembre de 1823 y San Martín lo respondió, el 20 de noviembre siguiente, con una carta en la que repite su pensamiento cardinal y reitera el espíritu americanista animador de su epopeya: “Usted, mi querido amigo, dice a José Luis Obregoso, a quien la dirige, me ha tratado con inmediación; usted tiene la idea de mi modo de pensar y conoce hasta el punto que llegan mis pensamientos, no sólo con respecto al Perú sino de toda la América, su independencia y felicidad; a estos dos objetos sacrificaría mil vidas; y partiendo de este principio tan sagrado y de la amistad sincera que siempre le he profesado y lo mismo al almirante Guise, tengo que decir a usted mi opinión franca y sencillamente. El Perú se pierde. Sí, se pierde irremediablemente, y tal vez la causa general de América: un sólo arbitrio hay de salvarlo y éste, en manos de usted, de Guise, de Soyer, de Santa Cruz y Portocarrero, y está dicho: estos solos individuos son o los redentores de la América o sus verdugos, no hay que dudarlo; repito, ustedes van a decidir sus nombres”.

“Sin perder un solo momento cedan de las quejas y resentimientos que puedan tener; reconózcase la autoridad del congreso, malo o bueno o como sea, pues los pueblos lo han jurado: únanse como es necesario y con este paso desaparezcan los españoles del Perú y después matémonos unos contra otros, si este es el desgraciado destino que espera a los patriotas. Muramos pero no como viles esclavos de los despreciables y estúpidos españoles, que es lo que irremediablemente va a suceder”.

"He dicho a usted mi opinión: si ella es aceptada por ustedes, estoy pronto a sacrificar mi vida privada; venga sin pérdida de un solo momento la contestación de haberse reconocido la autoridad del congreso pues la espero para decidir mi destino".

Su pensamiento permanecerá invariable. Por ello, vuelto al Plata a fines de 1828 y aprestándose a retornar a Europa, al recibir en Montevideo un mensaje de Fructuoso Rivera, reiterará una idea que en él es constante. El caudillo oriental le expresó en esa ocasión: "Regresa usted a Europa cuando todos lo creíamos deseoso de vivir en América. ¿Qué puede inferirse de aquí sino que a usted o la Patria no le inspira ya interés o que ha desesperado de su salud? Cualquiera de las dos cosas es un mal que para mí agrava mucho el de la ausencia; pero usted lo quiere, a usted le conviene sea para bien. En cualquier destino que tenga usted mi nombre, mi amistad y posición cuando ésta pueda serle útil en algo".

La respuesta de San Martín será tan cortés como firme: “Un solo caso podía llegar en que desconfiase de la salud del país, esto es cuando viese una casi absoluta mayoría en él por someterse otra vez al infame yugo de los españoles. Usted conoce como yo que esto es tan imposible como que se sometan nuestros antigüos amos a nosotros. Más o menos males, más o menos progresos en las fortunas particulares, más o menos adelantos en nuestra ambición; he aquí lo que resultará de nuestras discusiones. Es verdad que las consecuencias más frecuentes de la anarquía son las de producir un tirano, que como Francia haga sufrir al país los males que experimenta el que a él domina; más aún en este caso yo tampoco desconfiaría de su salud, porque sus males estarían sujetos a la duración de la vida de un solo hombre”.

“Después de lo expuesto, queda pendiente el por qué me voy, siendo así que ninguna de las dos razones que usted cree, son las causales de mi regreso a Europa. Varias tengo, pero las dos principales son las que me han decidido a privarme del consuelo por ahora de estar en mi Patria. La primera, no mandar; la segunda la convicción de no poder habitar mi país como particular en tiempos de convulsión sin mezclarme en divisiones. En el primer caso no se persuada usted que son tan afligentes las circunstancias en que se halla la Patria las que me hacen no desearlo, persuadido por la experiencia que jamás se puede gobernar a los pueblos con más seguridad que después de una gran crisis; pero es la certeza de que mi carácter no es propio para el desempeño de ningún mando político; y el segundo, el que habiendo figurado en nuestra revolución, siempre seré un foco en el que los partidos creerán encontrar un apoyo, como me lo ha acreditado la experiencia a mi regreso del Perú y en las actuales circunstancias”.

"He aquí en extracto general los motivos que me impulsan a confinarme de mi suelo, porque firme e inalterable es mi resolución de no mandar jamás, mi presencia en el país es embarazosa. Si éste cree algún día, que como un soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera -nunca contra mis compatriotas- yo le serviré con la lealtad que siempre lo he hecho, no sólo como General, sino en cualquier clase inferior en que me ocupe; si no lo hiciese, yo no sería digno de ser americano".

Radicado otra vez en Europa, y sin abandonar su propósito de volver a América, el Libertador no se desentenderá de los progresos y acaeceres políticos de las naciones hispanoamericanas cuya independencia contribuyó a fundar. En su correspondencia con los chilenos O'Higgins, Rosales, Prieto y otros; con sus compatriotas Tomás Guido y Vicente López, con los peruanos que no lo olvidan, como Mariano Alvarez y Ramón Castilla son constantes sus opiniones y reflexiones sobre lo americano.

Mientras el tiempo transcurre y el hogar de Grand-Bourg se alegra con las gracias de las nietas, sigue al detalle la vida americana, comprobando cómo se desarrollan las nuevas naciones, aunque lamentando que su progreso se vea retardado por las discordias internas y las ambiciones de dos potencias europeas.


                
                
Con la América agredida


Porque se siente vigía y custodio de la independencia americana, no vacila en tomar posición cuando el jefe de una flota francesa decreta el bloqueo del puerto de Buenos Aires y del litoral argentino. Él se da cuenta de que esa actitud no será causa de un conflicto, sino consecuencia de una política contraria a la soberanía americana. Digna y delicadamente ofrece sus servicios al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, por carta fechada en Grand-Bourg el 5 de agosto de 1838: "He visto por los papeles públicos de ésta, el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de esta medida; si son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en mis circunstancias y la de que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hacen, por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad, que espere sus órdenes, tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la Patria que me vió nacer".

Y como se anoticia de que hay compatriotas que consienten o apoyan la agresión, esperando obtener con ello ventajas sobre la facción que podría resultar vencida, se reitera en la línea americanista que lo llevó a repudiar a quienes posibilitaron el desastre de Rancagua o a quienes ponían en riesgo la independencia del Perú. Por ello, le dirá al gobernador bonaerense por carta del 10 de julio de 1839: "Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer".

Corrido el tiempo, una nueva amenaza se cierne sobre América con motivo de la intervención combinada de Francia y de Gran Bretaña en el Plata. Estaba en Nápoles cuando fue consultado sobre la situación que podría derivarse de esa acción europea, requisitoria hecha por Jorge Federico Dickson, representante del alto comercio en Londres. Respondió con verdad y sagacidad política, demostrando a la vez un preciso conocimiento de las posibilidades defensivas de los rioplatenses. El Moming Chronicle, de la capital británica, reprodujo su carta en la edición del 12 de febrero de 1846 y al hacerlo la acompañó con un comentario, en uno de cuyos párrafos se reconocía la preocupación del héroe por lo americano: "Como hace tiempo que se ha retirado de la vida pública y ha residido en Europa, en donde sabemos piensa pasar el resto de sus días, no tiene interés en la cuestión sino el que naturalmente debe suponerse experimente por el honor y la felicidad de su país, su opinión puede considerarse del todo imparcial. La recomendamos fuertemente a la atención de nuestros lectores". Razón tenía el periodista inglés al hablar de la imparcialidad, pero de una tal que no debía confundirse con desdén por el honor y la felicidad de la Confederación Argentina y de América.

Al comenzar 1846, el anciano, azotado en su salud, volverá a expresar su confianza en el triunfo final. No puede ofrecer su participación personal, pero en carta del 11 de enero manifestará al gobernador de Buenos Aires: "En principio de noviembre pasado me dirigí a Italia con el objeto de experimentar si con su benigno clima recuperaba mi arruinada salud; bien poca es hasta el presente la mejoría que he sentido, lo que me es tanto más sensible cuanto en las circunstancias en que se halla nuestra Patria me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios como lo hice a usted en el primer bloqueo por la Francia, servicios que aunque conozco serían inútiles, sin embargo demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia contra nuestro país, éste tenía aún un viejo defensor de su honra e independencia. Ya que el estado de mi salud me priva de esta satisfacción. Por lo menos me complazco en manifestar a usted estos sentimientos, así como mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste".

El 20 de mayo siguiente, Juan Manuel de Rosas le responderá con una misiva cuyo contenido podría ser suscrito por todos los americanos en mérito a la verdad que surge de su texto y al testimonio que da. Dice así: “General, no hay un verdadero argentino, un americano que al oír su nombre ilustre de usted y saber lo que usted hace todavía por su Patria y por la causa americana no sienta redoblar su ardor y su confianza. La influencia moral de los votos patrióticos americanos de usted en las presentes circunstancias, como en el anterior bloqueo francés, importa un distinguido servicio a la independencia de nuestra Patria y del continente americano, a la que usted consagró con tan glorioso honor sus florecientes días”.

"Me es profundamente sensible el continuado quebranto de la importante salud de usted. Deseo se restablezca y conserve y que le sea más favorable que hasta aquí el templado clima de Italia".

"Así, enfermo, después de tantas fatigas, usted expresa la grande y dominante idea de toda su vida: la independencia de América es irrevocable, dijo usted después de haber libertado a su Patria, Chile y el Perú. Esto es digno de usted".

Sabedor el Libertador del combate de la Vuelta de Obligado, está una vez más con los americanos. Por esto, dirá en su carta del 10 de mayo de 1846 al gobernante porteño: "Ya sabía la acción de Obligado. Los interventores habrán visto lo que son los argentinos. A tal proceder no nos queda otro partido que cumplir con el deber de hombres libres, sea cual sea la suerte que nos prepare el destino, que por mi íntima convicción, no sería un momento dudoso en nuestro favor si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra Patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda que, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España".

Al levantarse el bloqueo, su corazón americano se alegra al máximo. "He tenido una verdadera satisfacción -dice a Rosas en su carta del 2 de noviembre de 1848- al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa. Esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país no ha tenido nada que sufrir y por el contrario presenta a todos los nuevos Estados americanos un modelo que seguir".

Más si Gran Bretaña tuvo la habilidad necesaria como para dar fín al conflicto, Francia no lograba concretar aún una decisión similar. La revolución de 1848, que derribó a la dinastía orleanista, favoreció el arreglo, más no se llegaría a ello sin hacer grandes esfuerzos. Para quebrar la impasse, el ministro Bouther creyó importante leer ante los diputados una carta dirigida el 23 de diciembre de 1849 por San Martín al ministro Bienau. Su texto decía: "Cuando tuve el honor de hacer vuestro conocimiento en la casa de Madame Aguado, estaba muy distante de creer que debía algún día escribiros sobre asuntos políticos; pero la posición que hoy ocupáis y una carta que el diario La Presse acaba de reproducir el 22 de este mes, carta que había escrito en 1845 al señor Dickson sobre la intervención unida de la Francia y la Inglaterra en los negocios del Plata y que se publicó sin mi consentimiento en esa época en los diarios ingleses, me obligan a confirmaros su autenticidad y aseguraros nuevamente que la opinión que entonces tenía no solamente es la misma aún, sino que las actuales circunstancias en que la Francia se encuentra sola, empeñada en la contienda, vienen a darle una nueva consagración".

"Estoy persuadido de que esta cuestión es más grave que lo que se la supone generalmente; y los once años de guerra por la independencia americana durante los que he comandado en jefe los ejércitos de Chile, del Perú y de las Provincias Unidas de la Confederación Argentina me han colocado en situación de poder apreciar las dificultades enormes que ella presenta y que son debidas a la posición geográfica del país, al carácter de sus habitantes y a su inmensa distancia de la Francia. Nada es imposible al poder francés y a la intrepidez de sus soldados; mas antes de emprender, los hombres políticos pesan las ventajas que deben compensar los sacrificios que hacen".

"No lo dudéis, os lo repito: las dificultades y los gastos serán inmensos y una vez comprometida en esta lucha, la Francia tendrá el honor de no retrogradar y no hay poder humano capaz de calcular su duración".

"Os he manifestado francamente una opinión en cuya imparcialidad debéis tanto más creer cuanto que establecido y propietario en Francia veinte años ha, y contando acabar ahí mis días, las simpatías de mi corazón se hallan divididas entre mi país natal y la Francia mi segunda Patria".

"Os escribo desde mi cama en que me hallo rendido por crueles padecimientos que me impiden tratar con toda la atención que habría querido un asunto tan serio y tan grave".


             
            
Nada de lo americano le fue ajeno


Por sentirse americano hasta lo más íntimo, no quiso negar jamás ni su condición de tal ni la de haber sido el jefe militar de los ejércitos independentistas. Así, prefirió no viajar en 1841 a España porque para hacerlo debía aceptar un pasaporte que se le extendía en condición de particular español y no como general de un nuevo Estado. No pudiendo ir como militar americano, prefirió renunciar a la visita y permanecer fiel a sus principios.

Si fue tan argentino en su Patria como fuera de ella, otro tanto cabe decir de su americanismo. El largo ostracismo fue para su espíritu como un fluir constante de recuerdos de lo americano y de esperanzas sobre su futuro.

Fue hasta el fín de sus días, como lo había dicho, un hombre del Partido Americano, sin pertenecer a facción o partido alguno.
Su vida en Europa
Vista de Montevideo desde
el cementerio en 1840
Fructuoso Rivera
Mariscal Andrés
de Santa Cruz
Mariscal Ramón
Castilla y Marquezado
Vuelta de Obligado
18 - 11 - 1845
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Regimiento de Granaderos a Caballo
           "General San Martin"