La vuelta de Libertador


Era el lunes 9 de marzo de 1812 en la ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María del Buen Aires, vieja de más de dos siglos y altiva cabeza de las flamantes Provincias Unidas del Río de la Plata, herederas directas del vastísimo Virreinato del Río de la Plata, que abarcaba siete millones de kilómetros cuadrados, desde el Atlántico hasta el Pacífico, la Banda Oriental, las misiones jesuíticas orientales, Paraguay, el Alto Perú, hasta los confines antárticos, las islas Malvinas y la Patagonia sobre ambos océanos.

Los viajeros, que acababan de arribar en la fragata inglesa George Canning, contemplaron desde el río el caserío chato de blancas casas bajas, donde emergían las bellas torres de sus iglesias, sonoros campanarios cuyos repiques acaso les sugirieron un saludo de bienvenida. Más allá del Fuerte, hacia el Norte, se divisaban las verdes barrancas del Retiro.

La operación de desembarco fue harto, lento y complicado. De la fragata, los viajeros transbordaron a lanchones y de éstos a las "carretillas " de madera forradas de cuero de potro con altas ruedas, arrastradas a la cincha por fornidos caballitos criollos. En esta forma, desembarcaron también varios oficiales del ejército español peninsular que venían de Londres, entre ellos y el más antigüo, el joven Teniente Coronel de caballería don José de San Martín, el futuro héroe argentino y americano, quien llegaba a su tierra natal impulsado por altos ideales de bien común, y llevado, sin duda, por la mano de Dios. La Gazeta, órgano oficial del Gobierno, en su edición del viernes 13 de marzo de 1812, consignó los nombres de los oficiales recién llegados.

Todos ellos, con excepción del Teniente Coronel San Martín y el primer Teniente de Guardias Valonas Eduardo Kalitz barón de Holmberg, tenían familia en Buenos Aires. El Capitán de infantería Francisco de Vera, el Capitán de milicias Francisco Chilavert y el alférez de navío José Matías Zapiola habían sido arrestados en Montevideo el 12 de julio de 1810 por las autoridades españolas, a causa de su adhesión a los patriotas de la Junta de Buenos Aires. Encarcelados y enviados a España, obtuvieron en Cádiz su libertad y se fugaron luego a Londres. El Capitán Francisco Chilavert viajó en la George Canning con sus hijos José Vicente, que se hizo muy amigo de San Martín, y Martiniano, futuro Coronel argentino, quien entonces sólo contaba ocho años de edad. El alférez Zapiola tenía a su hermano Bonifacio, abogado en el Superior Tribunal de Justicia de Buenos Aires, quien había también adherido a la causa de Mayo.

Una de las familias más distinguidas de la sociedad porteña era la de Balbastro, es decir, la familia de la madre del alférez de Carabineros Reales don Carlos de Alvear. Según la tradición, la casa de los Balbastro era donde se celebraban las más concurridas reuniones sociales nocturnas llamadas "tertulias". Era, pues, una casa amplia y acogedora. No puede haber dudas de que allí se alojaron Alvear y su joven y bellísima esposa, doña Carmen Quintanilla.

Existía en la época el hotel o fonda de los Tres Reyes, en la calle del Santo Cristo (hoy 25 de Mayo), entre la de Las Torres (hoy Rivadavia) y La Piedad (hoy Bartolomé Mitre), donde bien pudo alojarse San Martín. Pero la sencillez de costumbres, la caridad cristiana, la llaneza criolla en el trato, la benevolencia y serena alegría de la vida social en Buenos Aires, confluían en un franco sentimiento hospitalario, por el cual los viajeros se alojaban normalmente en las casas de familia, que hasta habían abierto sus puertas para cobijar a los enemigos: los vencidos oficiales ingleses de las invasiones de 1806 y 1807.

Las estrechas y profundas relaciones de amistad y camaradería existentes en ese momento entre Alvear y San Martín, hacen aparecer como muy probable que la encumbrada familia Balbastro albergara también a nuestro héroe. En esa casa vivía la abuela de Carlos de Alvear, doña Bernarda Dávila, dama porteña viuda desde 1802 del acaudalado comerciante aragonés don Isidro José Balbastro, dueño que fue -según su testamento- de una tienda "muy bien surtida" en sociedad nada menos que con Gerónimo Matorras, primo hermano de la madre de José de San Martín, con quien Gregoria Matorras llegó a Buenos Aires, cuando ya casado con doña Manuela de Larrazábal volvía con el nombramiento de gobernador de Salta del Tucumán, donde se hizo famoso como explorador del Chaco. Esta vieja e íntima relación familiar refuerza, sin duda, la posibilidad de que San Martín inaugurara su estadía porteña en el hogar de los Balbastro.

Dispuesto el alojamiento y equipaje, urgía sin duda clarificar sus propósitos ante las autoridades de Buenos Aires, que no eran sino las del Triunvirato, por lo que, probablemente acompañado por Alvear y Zapiola, cruzaron la Plaza de la Victoria.

Pasaron la Recova Vieja, quizá por el centro, bajo el artístico Arco de los Virreyes para atravesar la Plaza 25 de Mayo, limitada hacia el río por el Fuerte o Fortaleza, que era, en realidad, el alojamiento fortificado de las autoridades, donde funcionaban también las oficinas del Gobierno, la Audiencia, el depósito para emergencias y la armería. Constituía el punto fuerte fundamental para la defensa de Buenos Aires, cuyo dispositivo incluía también las baterías de grueso calibre emplazadas en Olivos, Palermo, Retiro y Quilmes. Como bien pudo verlo San Martín desde el estuario con sus ojos cargados de veteranía, era un recinto amurallado en forma de estrella, dotado con cuatro bastiones coronados con garitas para observar, rodeado al Este por la barranca del río. Del lado de la ciudad había un pozo profundo, cruzado por el puente levadizo que debió franquear nuestro grupo de militares para atravesar después el enorme portón de hierro que cerraba el acceso con el clásico rastrillo. Unos segundos después subían las escaleras para llegar a los salones que hasta hacía poco ocupaban los Virreyes, cuyos coloridos retratos se extendían en las antesalas.

Quizá después de una breve espera, entraba el Teniente Coronel San Martín a la sala con ventanas hacia el río de la Plata. Allí, los triúnviros Rivadavia, Chiclana y Sarratea. Después de ellos, bajo un dosel, un crucifijo. La crónica de la Gazeta de Buenos-Ayres ya citada, dirá también refiriéndose a los recién llegados "...Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al Gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la Patria".

También, las noticias que traían estos oficiales, de las que eran testigos presenciales, no podían menos que suscitar regocijo en los responsables del Gobierno. Presentían que podía haber un cambio favorable en la situación política y estratégica que reforzara su precario poder. Bernardo Monteagudo, director de la Gazeta desde el pasado diciembre de 1811, encabezó sus "Noticias políticas" con la crónica mencionada del viernes 13 de marzo proclamando el descalabro del ejército español en la Península: "El 9 del corriente ha llegado a este puerto la fragata inglesa George Canning procedente de Londres en 50 días de navegación; comunica la disolución del ejército de Galicia y el estado terrible de anarquía en que se halla Cádiz dividida en mil partidos, y en la imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba de su triste estado son las emigraciones frecuentes a Inglaterra, y aún más a la América Septentrional...".

Pero hay más. El mismo 9 de marzo de 1812, el Triunvirato escribía a don Juan Martín de Pueyrredón, quien, a cargo de los restos del Ejército Auxiliar del Perú se encontraba en Yatasto (Salta) y había abierto negociaciones con el general Goyeneche, al mando de las fuerzas oponentes. Para influir en estas tratativas, le decían: "No olvide V.S. en este lance de manifestarle la miserable situación de España. En la fragata inglesa George Canning que hace tres díás llegó a este puerto, han venido dieciocho oficiales facultativos y de crédito, que desesperados de la suerte de España quieren salvarse y auxiliar a que se salven estos preciosos países. El último ejército español de veintiocho mil hombres al mando de Alaske -seguramente se referíá a Blake- fue derrotado por Suchet y de sus resultas ocupa Valencia, Murcia, Asturias y gran parte de Galicia. Las cortes sin cortejo -mencionaba irónicamente a las Cortes de Cádiz-, en Cádiz sin partido, dominante por los franceses. Las tropas que lo sitúan son la mayor parte de los regimientos españoles del ejército de José, y todo anuncia la conquista total de un día a otro. De todos modos V.S. avisará los resultados."

Los preciosos países hispanoamericanos debían salvarse, según el Triunvirato, de la dominación napoleónica que, a pesar de ejercer soberanía prácticamente sobre todo el territorio español, no tenía medios para ejercerla fuera de Europa y menos en América, por el bloqueo europeo que realizaba Inglaterra desde el mar.

Aparentemente, Montevideo, el Virrey del Perú y Goyeneche querían lo mismo que el gobierno de Buenos Aires, pero la diferencia estribaba en que los nombramientos de aquéllos provenían de autoridades precarias que se habían autoimpuesto el derecho y el deber de sustituir a Fernando VII y que gobernaban en su nombre sólo una ínfima porción del territorio peninsular: Cádiz y la isla de León. La legitimidad de los mandatos ligados al Consejo de Regencia y a las Cortes de Cádiz se sustentaba en su inauténtica soberanía que pretendía nombrar autoridades para los lejanos países americanos. En realidad, lo único concreto que exhibían era el reconocimiento por parte de Inglaterra, que necesitaban del dinero y del comercio con América para hacer la guerra a Napoleón.

En resumen, ni José I el usurpador, ni Fernando VII, ni el gobierno de Cádiz podían ejercer actos concretos de soberanía por imposibilidad práctica. Por tanto, era un hecho la independencia de Hispanoamérica, aunque por el momento sus gobiernos, tanto de criollos como de españoles, mantenían su fidelidad a Fernando VII. Así fue el juramento de la Primera Junta de Mayo y el oficio dirigido al Rey por ella el 21 de junio de 1810. Con la misma intención había también surgido la Junta de Montevideo, pero el irritante nombramiento de Elío como Virrey del Río de la Plata, quien llegó a Montevideo el 12 de enero de 1811, aflojó aún más los vínculos de Buenos Aires con la Metrópoli. En la segunda mitad de 1811 se sentía ya, como encendido anhelo, romper de una vez los lazos de sumisión. Sin embargo, ante la presencia de Inglaterra, interesada en que estos vínculos se mantuvieran, la prudencia parecía indicar la conveniencia de llevar lo que Monteagudo llamó "la máscara de Fernando VII", como también lo dió a entender claramente Saavedra en su carta a Viamonte el 20 de noviembre de 1811.

Los oficiales que llegaron el 9 de marzo de 1812 fueron considerados por el Triunvirato como "facultativos", es decir, capacitados, y "de crédito", que acreditaban eficiencia y cuyo testimonio merecía fé. Pero venían a salvar a "estos preciosos países" -más extensos y poblados que la metrópoli -no sólo de los franceses sino también de Fernando VII, cuya ineptitud e inmoralidad conocían. San Martín había tenido la versión directísima de su hermano Justo Rufino sobre ese nefasto personaje, ya que había sido Guardia de Corps y vivió en la Corte, en El Escorial y en Aranjuez los tristes episodios de 1808 y aún acompañó a Fernando VII hasta Vitoria, donde en vista de la traición abandonó a su cuerpo para abrazar la causa nacional de España, y luchar por su independencia, contra los franceses.

Sobre lo que San Martín expuso en esta ineludible reunión surge muy claro de sus propias expresiones a lo largo de su vida. Para lograr el alto ideal del bien común para los americanos creía indispensable su independencia, por lo que venía a ofrecer sus servicios como militar al gobierno de su país nativo. Así lo dijo a los siete años de su llegada a Buenos Aires, cuando elevó su renuncia como general en jefe del Ejército de los Andes al director supremo, el 31 de julio de 1819; "Hallábame al servicio de España el año de 1811, con el empleo de comandante de escuadrón del Regimiento de Caballería de Borbón, cuando tuve las primeras noticias del movimiento general de ambas Américas; y que su objeto primitivo era su emancipación del gobierno tiránico de la Península. Desde ese momento me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados: preferí venirme a mi país nativo, en el que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances: mi Patria ha recompensado mis cortos servicios colmándome de honores que no merezco...".

Ocho años más tarde, en abril o mayo de 1827, entre otros interrogantes planteados por el general Miller para completar las Memorias que éste escribió, le respondió: "El general San Martín no tuvo otro objeto en su ida a América que el de ofrecer sus servicios al Gobierno de Buenos Aires...". finalmente, a treinta y seis años de su arribo al Río de la Plata y veintiuno de la precedente carta, escribió al general Castilla, el 11 de septiembre de 1848: "Como usted, yo serví en el ejército español, en la Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de Teniente Coronel de caballería. Una reunión de americanos, en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fín de prestarles nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar...".

Este claro propósito es la raíz de la heroicidad Sanmartiniana: quiere ser, fervorosamente, un auténtico soldado argentino para la independencia americana.

Ofrece su foja de servicios, probablemente la copia de la del 6 de marzo de 1809. Corto documento de dos carillas que resume, lacónicamente, una larga vida austera plena de silenciosos sacrificios, de honesto y abnegado cumplimiento de sus de haberes, de valentía, de vasta experiencia guerrera en todas las formas y clases de combate, frente a moros, franceses e ingleses, en todos los terrenos, en las frígidas montañas escabrosas, en las vastas llanuras, en las serranías pedregosas, bajo el implacable sol del desierto, y sobre las aguas procelosas del mar.

Exhibe su despacho de Teniente Coronel graduado de caballería, fechado el 11 de agosto de 1808, ascenso provocado por su heroico comportamiento en la batalla de Bailén (19 de julio de 1808), de la que da testimonio para siempre el parte del general Reding, comandante de las fuerzas empeñadas en la acción, al comandante del Ejército de Andalucía, general Castaños, donde sólo se nombra al Regimiento de Caballería de Borbón para mencionar al bizarro Capitán José de San Martín, agregado a esa unidad después de su brillante triunfo en el combate de Arjonilla, el 23 de junio de 1808.

San Martín era casi un desconocido en Buenos Aires, por lo que, a pesar de su peculiar modestia, no es aventurado suponer que haya deseado exponer ante el Gobierno todos sus antecedentes, íntegramente. Dentro de esta idea, pudo mostrar su nombramiento de Capitán avivo" o efectivo, con que se lo ascendió desde el grado de Capitán segundo que tenía en el Batallón de Infantería Ligera Voluntarios de Campo Mayor, y se lo agregó al Regimiento de Caballería de Borbón, atendiendo a sus "servicios y méritos" y por el distinguido mérito que habéis contraído en la acción de Arjonilla ".

Entre estos documentos, San Martín poseía en su archivo el original de la Gazeta Ministerial de Sevilla del miércoles 29 de junio de 1808, donde se describe en detalle, en una vívida estampa, el "glorioso combate" de Arjonilla, en el que, con un puñado de húsares de Olivenza y del Borbón, derrotó completamente a los famosos dragones franceses, vencedores en Jena y en Austerlitz.

Quien esto exponía, rubricaba con su prestancia lo aseverado. Los triunviros estaban ante un gallardo joven de aspecto y modales marciales; su erguida cabeza coronaba un cuerpo esbelto, que se veía fuerte y ágil, de estatura más que mediana, impecablemente vestido, probablemente con su sencillo uniforme de ayudante de campo: casaca y pantalón azul, chaleco de ante amarillo pálido con galón de oro, alamares en el hombro derecho, altas botas granaderas con doradas espuelas. De su firme cintura pendía su magnífico sable corvo de estilo morisco, que acababa de adquirirlo en Londres, para empuñarlo al servicio de grandes y nuevos ideales. Su rostro correctamente afeitado, tostado por el sol y el aire del mar, enmarcados por cortos cabellos renegridos con largas patillas, mostraba unos grandes ojos negros de mirada franca y expresiva, con un ligerísimo destello risueño que despertaba simpatía, mientras su nariz aguileña y su neto mentón hablaban a las claras de una voluntad de hierro.

Se expresaba con sencillez y claridad sobre la eficacia de la caballería, arma empleada por Federico II de Prusia y por Napoleón como medio principal para obtener la victoria en innumerables batallas. Tiene propia experiencia de guerra, amplia y reciente. Ha vivido y sufrido el éxito de la nueva táctica francesa de caballería, confirmando lo que estudió en su nutrida biblioteca, donde inventarió cuarenta y ocho volúmenes de historia militar y doce de táctica de caballería. Esmalta su conversación con anécdotas chispeantes que cuenta con gracia andaluza.

Explicaba que en las dilatadas extensiones americanas es ideal disponer de esa arma que llegaba velozmente a cualquier punto en busca del enemigo, hasta obtener un incesante contacto con él. En el combate su poder de choque y su ímpetu eran temibles: rompía, destruía y aniquilaba las formaciones enemigas, desempeñando un papel preponderante en la batalla campal . Su opinión es terminante en cuanto a que en estas vastas llanuras los hombres nacían prácticamente a caballo, mientras el abastecimiento y mantenimiento no tenía limitaciones por los numerosísimos yeguarizos que poblaban la pampa y por la abundancia natural de pastos en sus verdes praderas.

Quince años más tarde, entre abril y mayo de 1827, en contestación a preguntas que le dirigió el general Miller, dirá: "Formó un Regimiento de Granaderos a Caballo... ": "Hasta la época de la formación de este cuerpo, se ignoraba en las Provincias Unidas la importancia de esta arma, y el verdadero modo de emplearla, pues generalmente se le hacía formar en línea con la infantería para utilizar sus fuegos. La acción de San Lorenzo demostró la utilidad del uso del arma blanca en la caballería, tanto más ventajosa en América cuanto que lo general de sus hombres pueden reputarse como los primeros jinetes del mundo".

La necesidad de una pedagogía para iniciar a los gobernantes sobre el conocimiento de esta arma quedó corroborada en las Memorias Póstumas del general José María Paz, quien dijo: "Hasta que vino el general San Martín, nuestra caballería no merecía ni el nombre, y dotados nuestros hombres de las mejores disposiciones, no prestaban buenos servicios en dicha arma, porque no hubo un jefe capaz de aprovecharlas".

Afirmaba lo que luego practicará sistemáticamente, especialmente en Mendoza, que era indispensable, primero, formar un cuerpo de oficiales altamente seleccionado y educado, para preparar después a fondo a los suboficiales y soldados en el campo de instrucción. El joven Teniente Coronel conocía por propia experiencia, porque lo había visto y vivido, los dos métodos y sus resultados: el de la enseñanza detallada y perseverante en el cuartel y campamento, y el de la improvisación sobre el campo de batalla: aquél logra organizaciones sólidas para la batalla; en cambio, el último es el mejor medio para obtener la propia destrucción y desbande ante enemigo capacitado.
Su vida en América
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Regimiento de Granaderos a Caballo
           "General San Martin"